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Camino a Moriah: ¿Confiarías sin tener todas las respuestas?

Si existe una persona que puede enseñarnos sobre cómo vivir por fe es Abraham. La Biblia lo señala como: «El Padre de la Fe». Su trayectoria de fe nos motiva e impulsa a mantenernos firmes y confiados hasta el final.

Hay un momento en la vida de este hombre de fe en el que Dios le da una orden: «—¡Abraham!» Lo llamó el Señor. «Toma a tu amado hijo Isaac, ve a la tierra de Moriah y entrégamelo como un sacrificio».

Si usamos la razón, este pedido no tiene sentido, acaso Dios le está pidiendo que entregue el hijo que tanto tiempo esperó y que Él mismo le había dado como promesa de descendencia. Pero debemos detenernos en la actitud de Abraham que no tuvo ningún tipo de resistencia, simplemente obedeció, como si supiera en su interior que algo extraordinario iba a suceder. Preparó todo lo que usualmente necesitaba para hacer un sacrificio y emprendió el camino. A juzgar por el relato, no pareciera que haya un diálogo camino a la montaña del sacrificio. ¿Qué estaría meditando Abraham? Cuando vio el lugar a lo lejos, les dijo a todos sus sirvientes que los esperaran abajo y que al terminar el sacrificio «regresarían» [habló en plural, ambos regresarían]. Así transitó los últimos metros junto a su hijo. Por otro lado, no podemos olvidarnos que estaba el joven Isaac, quien probablemente no era la primera vez que acompaña a su padre a hacer sacrificios a Dios. Pero esta vez había algo diferente que llamó la atención de Isaac porque preguntó: «tenemos la leña y el fuego, pero, ¿dónde está el cordero que vamos a sacrificar?». La respuesta de su padre fue contundente. Abraham, le dijo: «Hijo, Dios proveerá el cordero que necesitemos para hacer el sacrificio». No había dudas, él estaba seguro de lo que Dios le había prometido.

 […] Pero el ángel del SEÑOR llamó a Abraham desde el cielo diciendo: —¡Abraham! ¡Abraham! Y Abraham respondió: —Aquí estoy. Luego el ángel dijo: —¡Detente! No le hagas daño al muchacho. No le hagas nada, porque ahora sé que tú respetas y obedeces a Dios. No le negaste[a] a tu único hijo. Luego Abraham levantó la mirada y vio un cordero enredado por los cuernos en un arbusto. Así que fue, lo agarró y lo ofreció como sacrificio a cambio de su hijo. Abraham llamó a ese sitio: «El SEÑOR provee», y todavía hoy se dice: «En el monte, el SEÑOR provee […]» (Génesis 22, PDT).

Así fue que, en Moriah, Dios proveyó el cordero para el sacrificio. El Monte Moriah representa obediencia, adoración, entrega, fidelidad y provisión. Isaac simboliza lo que habría de venir, el sacrificio de Cristo y el plan de redención y salvación para toda la humanidad. Esa situación extrema que tuvo que atravesar Abraham sirvió para perfeccionar y pulir su fe en el Señor todopoderoso. ¿Qué vio Dios?, vio a un hombre capaz de darlo todo, incluso la vida de su tesoro más grande: el hijo de la promesa.

Esta enseñanza nos sirve para reflexionar: ¿Podremos tener fe en Dios, aunque hoy no tengamos todas las respuestas? ¿Somos capaces de entregar lo que nos está pidiendo? ¿Seguiremos creyendo hasta el final camino a nuestro Moriah?

En Cristo, detrás de ese paso de fe que estemos dispuestos a dar, hay un «después». Nuestro sí a Dios no es un salto al vacío, es un paso que abre y divide el mar en dos para que crucemos y avancemos hacia la provisión de todo aquello que estemos necesitando. A menudo esa entrega que el Señor nos pide, la experimentamos como un «sacrificio», porque nos obliga a renunciar a ciertas cosas sin comprender plenamente Sus métodos, el propósito, por qué o para qué. Pero al tomar la decisión de seguirlo y obedecer, veremos la provisión en cada paso que demos, camino hacia el destino que Él planeó para nosotros. No tengamos temor de entregar nuestro corazón en el altar como un sacrificio. Hay momentos donde solo nos toca confiar sin ver más allá. Creer sin vacilar, como lo hizo Abraham. Descansar abrazados a cada promesa que Dios nos dio, porque fuimos llamados a vivir por lo que creemos, no por lo que ven nuestros ojos naturales (2° Corintios 5:7). La obediencia a Dios siempre será nuestro mejor «sacrificio», porque traerá grandes recompensas por generaciones.

La prueba nos puede hacer sentir vulnerables, pero tomar una actitud de fe requiere valentía. Dios honra y recompensa la fe puesta en Él.  ¡Nunca nos encontraremos solos en el viaje de la vida llamado fe!

Por Ruth Castro

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