Falleció Don Severino Collovati, el hombre que sembró grandeza en tierra riojana

Con gran dolor escribo esta nota. Difícil es encontrar las letras para describir a un gigante. Hoy despedimos a una eminencia del trabajo y el saber. Hombres como Don Severino no necesitan monumentos. Su trayectoria habla antes que todo y su nombre circula con el mismo respeto con el que se nombra a la tierra que trabajaron.

Don Severino Collovati era uno de esos hombres. Y hoy, Chilecito y toda La Rioja lo despiden con el alma partida y la memoria llena.
La primera vez que me senté frente a él, Don Severino hizo algo que no olvidaré jamás. Antes de pronunciar una sola palabra, extendió sus manos sobre la mesa. Las observé en silencio. Eran manos grandes, surcadas por el tiempo, marcadas por décadas de sol, de tierra húmeda, de surcos abiertos al amanecer.
Manos que contaban una historia más honesta que cualquier discurso.
Y entonces habló, con esa calma que solo tienen quienes han ganado la certeza de sus convicciones: “El trabajo siempre debe ser fundamental.” expresó.
No lo dijo como consejo. Lo dijo como una ley de la naturaleza.
Porque sabiamente lo vivió, teniendo la conciencia que ninguna cosecha llega sin esfuerzo previo, y que ningún hombre vale más que lo que sus acciones construyeron.
Sus inicios en las tierras riojanas fueron con el tomate. Humilde en su origen, colosal en su visión. Don Severino entendió desde temprano que la tierra no miente, da exactamente lo que uno le entrega. Y él le entregó todo.
Con el paso de los años, ese hombre de campo fue ganando un lugar que va mucho más allá del reconocimiento profesional. Socio de la Cooperativa La Riojana, su trayectoria fue tan significativa que la institución honró su nombre con un Salón que hoy lleva su apellido.
Un salón. Eso no se otorga. Eso se gana.

Don Severino Collovati fue mas que un productor, un viticultor, un hombre de campo. Fue una institución en sí mismo. De esas que no figuran en los organigramas pero que sostienen, silenciosas e imprescindibles, la columna vertebral de una comunidad.
Apacible en su trato, excepcional en su carácter, inmenso en su humanidad. Quienes lo conocimos lo recordaremos con esa mezcla de admiración y afecto genuino. No era el tipo de hombre que imponía autoridad. Era el tipo de hombre ante quien uno naturalmente se enderezaba, por respeto espontáneo que generaba.
Lo miré durante aquella charla con una mezcla de reverencia y gratitud. Pocas veces en la vida uno tiene la fortuna de estar frente a alguien y saber, con certeza absoluta, que está frente a la historia viva. Fue un lujo humano para mi pluma escribir su nombre.
Pero felizmente la grandeza de Don Severino no terminó en él. Se extiende generosamente sobre los que vinieron después, sus herederos.
Su sangre corre por las venas de Javier Collovati, Ingeniero Agrónomo y Winemaker, quien junto a su primo Fernando Aguilar forma una parte importante del alma de Bodega Valle de la Puerta. Dos hombres jóvenes que elevan el apellido como bandera. Que entendieron que el trabajo es una herencia, y que decidieron honrarla con cada cosecha.



